Lo llamaron "hermano", le dieron una credencial con su foto al lado del logo de Morena, y hasta le asignaron una comisión jugosa...
Lo llamaron "hermano", le dieron una credencial con su foto al lado del logo de Morena, y hasta le asignaron una comisión jugosa. Pero, oh sorpresa, semanas después, el sueño se esfumó. Resulta que en Morena, como en Tinder, el "match" puede ser emocionante hasta que alguien revisa los daños políticos que le provocas y descubre que tú... eres tú.
El caso de Yunes Márquez, el senador Malinche-come-curules que intentó colarse en el redil lopezobradorista, es el perfecto resumen de lo que realmente es Morena: un reality show donde todos son aliados hasta que alguien quiere el mismo puesto. Aquí no hay principios, solo terrenitos que defender. Y Rocío Nahle, la gobernadora de Veracruz, acaba de recordarle al partido que es la cacique a consultar y que en su jardín no se juega sin su permiso.
Yunes Márquez fue, sin duda, el traidor útil y perfecto para la Cuarta Transformación. Desde su curul panista, ayudó a pasar la reforma estrella del sexenio, esa que Morena no podía sacar sin romper el escaparate de la "unidad opositora". Él rompió el vidrio, el PAN lo pateó, y entonces… ¡ta-chán! Morena le tendió los brazos a pesar de que claramente era un intrudo disfrazado de héroe fugaz.
O eso parecía.
Adán Augusto López, el godfather de operaciones políticas, lo apadrinó. Gerardo Fernández Noroña, el eterno sidekick de la 4T, lo abrazó (probablemente mientras calculaba cuántos likes le daría ese gesto). Y la bancada morenista le aplaudió como si fuera el hijo pródigo… hasta que alguien dijo: "Oigan, pero... ¡este wey es un Yunes!".
Ahí entró Rocío Nahle, la gobernadora que no necesita espada porque tiene Twitter, y con la elegancia de un bulldozer, recordó a todos que en Veracruz, la familia Yunes no es bienvenida, sino el ejemplo claro y evidente de lo que debe ser una persona non grata. No hubo discurso ideológico, no hubo debate profundo. Solo un mensaje claro: "Aquí mando yo, y ése no pasa".
La jugada fue impecable. Nahle no necesitó cerrarle la puerta a Yunes; simplemente la llenó de aceite hirviendo y le dijo: "Pasa, si te atreves". El comité estatal de Morena en Veracruz se alineó como soldaditos de plomo, otros gobernadores (como Salomón Jara, que sabe lo que es perder contra un rival fuerte) se sumaron al coro, y de pronto, la bienvenida se convirtió en un "diciembre me gustó 'pa que te vayas" en pleno abril.
A pesar de que Yunes no conoce la dignidad, intentó usarla saliendo por la puerta trasera antes que ser sacado a empujones, y retiró su solicitud de afiliación minutos antes de que le rompieran su flamante credencial en la cara. "No quiero dividir", dijo. Traducción: "No quiero que me humillen en vivo".
Al final, mantiene su curul, su influencia y, sobre todo, la posibilidad de seguir votando con Morena sin necesidad de portar el uniforme. Porque en la política moderna, la lealtad no se demuestra con credenciales, sino con votos… y con silencios cómplices.
Y es aquí donde se impone el análisis profundo, porque el derrumbe de la aventura guinda de Yunes no fue un rechazo ideológico. Fue una pelea de tribus. Nahle le dejó claro a Morena nacional que Veracruz es su feudo, y que nadie —ni siquiera un converso útil— se salta a la jefa. Morena, ese partido que vende unidad en los discursos pero practica la ley del más fuerte en los pasillos, vuelve a demostrar que es igual que todos los demás: un nido de ambiciones, donde los principios son solo hashtags y el poder se reparte a golpes.
Morena no es un partido, es un reality show disfrazado de movimiento social. Un nido de ambiciones donde los ratones se creen halcones, un lugar donde los chacales se visten de ovejas, y todos —absolutamente todos— tienen un cuchillo bajo el chaleco guinda. En Morena no hay ideología, solo hashtags: #Unidad4T (pero solo si me conviene), #HonestidadValiente (excepto con mis enemigos), #ElPuebloManda (el pueblo = yo y mis cuates), #LlegamosTodas (siempre y cuando no sean violadas o asesinadas por alguno de mis amigos).
Los principios en Morena duran lo que un tweet de Noroña: ardiente, efímero, estúpido y olvidado al primer comentario incómodo. ¿Abrazos, no balazos? Sí, pero solo hasta que alguien más conveniente al 'movimiento' quiera tu curul. ¿Primero los pobres? Claro, pero primero los pobres… de mis amigos.
Y el poder… ah, el poder. Eso no se negocia, se arrebata. Como en el viejo PRI, pero con mea culpas en mañanera. Aquí no hay congresos ideológicos, hay peleas de gallos donde el último que queda en pie se lleva la secretaría. ¿Democracia interna? Ja. Es como decir que un toreo es un debate filosófico: puro teatro, mucha sangre, y al final, el que tiene el cuchillo más grande gana.
Y mientras, Claudia Sheinbaum sigue hablando de "transformación" al más puro estilo de un títere bocón, como si su partido no fuera un Game of Thrones con menos presupuesto y más fake news.
Veracruz tiene elecciones en 2025. Nahle quiere consolidar su poder. Yunes sólo quería volver por la puerta grande. Pero ahora todos saben que en Morena, las bienvenidas son como los abrazos en la política: cálidos, breves… y con garantía de un cuchillo clavado en la espalda.
Así es la Cuarta Transformación: mismo excremento, distintos tuits.
El caso de Yunes Márquez, el senador Malinche-come-curules que intentó colarse en el redil lopezobradorista, es el perfecto resumen de lo que realmente es Morena: un reality show donde todos son aliados hasta que alguien quiere el mismo puesto. Aquí no hay principios, solo terrenitos que defender. Y Rocío Nahle, la gobernadora de Veracruz, acaba de recordarle al partido que es la cacique a consultar y que en su jardín no se juega sin su permiso.
Yunes Márquez fue, sin duda, el traidor útil y perfecto para la Cuarta Transformación. Desde su curul panista, ayudó a pasar la reforma estrella del sexenio, esa que Morena no podía sacar sin romper el escaparate de la "unidad opositora". Él rompió el vidrio, el PAN lo pateó, y entonces… ¡ta-chán! Morena le tendió los brazos a pesar de que claramente era un intrudo disfrazado de héroe fugaz.
O eso parecía.
Adán Augusto López, el godfather de operaciones políticas, lo apadrinó. Gerardo Fernández Noroña, el eterno sidekick de la 4T, lo abrazó (probablemente mientras calculaba cuántos likes le daría ese gesto). Y la bancada morenista le aplaudió como si fuera el hijo pródigo… hasta que alguien dijo: "Oigan, pero... ¡este wey es un Yunes!".
Ahí entró Rocío Nahle, la gobernadora que no necesita espada porque tiene Twitter, y con la elegancia de un bulldozer, recordó a todos que en Veracruz, la familia Yunes no es bienvenida, sino el ejemplo claro y evidente de lo que debe ser una persona non grata. No hubo discurso ideológico, no hubo debate profundo. Solo un mensaje claro: "Aquí mando yo, y ése no pasa".
La jugada fue impecable. Nahle no necesitó cerrarle la puerta a Yunes; simplemente la llenó de aceite hirviendo y le dijo: "Pasa, si te atreves". El comité estatal de Morena en Veracruz se alineó como soldaditos de plomo, otros gobernadores (como Salomón Jara, que sabe lo que es perder contra un rival fuerte) se sumaron al coro, y de pronto, la bienvenida se convirtió en un "diciembre me gustó 'pa que te vayas" en pleno abril.
A pesar de que Yunes no conoce la dignidad, intentó usarla saliendo por la puerta trasera antes que ser sacado a empujones, y retiró su solicitud de afiliación minutos antes de que le rompieran su flamante credencial en la cara. "No quiero dividir", dijo. Traducción: "No quiero que me humillen en vivo".
Al final, mantiene su curul, su influencia y, sobre todo, la posibilidad de seguir votando con Morena sin necesidad de portar el uniforme. Porque en la política moderna, la lealtad no se demuestra con credenciales, sino con votos… y con silencios cómplices.
Y es aquí donde se impone el análisis profundo, porque el derrumbe de la aventura guinda de Yunes no fue un rechazo ideológico. Fue una pelea de tribus. Nahle le dejó claro a Morena nacional que Veracruz es su feudo, y que nadie —ni siquiera un converso útil— se salta a la jefa. Morena, ese partido que vende unidad en los discursos pero practica la ley del más fuerte en los pasillos, vuelve a demostrar que es igual que todos los demás: un nido de ambiciones, donde los principios son solo hashtags y el poder se reparte a golpes.
Morena no es un partido, es un reality show disfrazado de movimiento social. Un nido de ambiciones donde los ratones se creen halcones, un lugar donde los chacales se visten de ovejas, y todos —absolutamente todos— tienen un cuchillo bajo el chaleco guinda. En Morena no hay ideología, solo hashtags: #Unidad4T (pero solo si me conviene), #HonestidadValiente (excepto con mis enemigos), #ElPuebloManda (el pueblo = yo y mis cuates), #LlegamosTodas (siempre y cuando no sean violadas o asesinadas por alguno de mis amigos).
Los principios en Morena duran lo que un tweet de Noroña: ardiente, efímero, estúpido y olvidado al primer comentario incómodo. ¿Abrazos, no balazos? Sí, pero solo hasta que alguien más conveniente al 'movimiento' quiera tu curul. ¿Primero los pobres? Claro, pero primero los pobres… de mis amigos.
Y el poder… ah, el poder. Eso no se negocia, se arrebata. Como en el viejo PRI, pero con mea culpas en mañanera. Aquí no hay congresos ideológicos, hay peleas de gallos donde el último que queda en pie se lleva la secretaría. ¿Democracia interna? Ja. Es como decir que un toreo es un debate filosófico: puro teatro, mucha sangre, y al final, el que tiene el cuchillo más grande gana.
Y mientras, Claudia Sheinbaum sigue hablando de "transformación" al más puro estilo de un títere bocón, como si su partido no fuera un Game of Thrones con menos presupuesto y más fake news.
Veracruz tiene elecciones en 2025. Nahle quiere consolidar su poder. Yunes sólo quería volver por la puerta grande. Pero ahora todos saben que en Morena, las bienvenidas son como los abrazos en la política: cálidos, breves… y con garantía de un cuchillo clavado en la espalda.
Así es la Cuarta Transformación: mismo excremento, distintos tuits.